Crítica de Libros


La frágil felicidad: “Sábado”, de Ian McEwan

 

SINOPSIS: Henry Perowne es un hombre feliz. Es un reconocido neurocirujano y está casado con Rosalind, una abogada de un importante periódico. Ambos disfrutan su trabajo, se quieren y quieren a sus hijos, un prometedor músico y una joven poeta. Es sábado, 15 de febrero de 2003, el día de las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak. Henry se despierta, va hacia la ventana de su dormitorio y ve un avión en llamas que sobrevuela Londres muy bajo. Henry teme un accidente terrible, un ataque terrorista. Más tarde, escuchando la radio, sabrá que se trata de un aterrizaje forzoso. Y Henry volverá a dormir, y hará el amor con su mujer, y se irá luego a su partida de squash semanal. Pero la visión nocturna no ha sido sino el presagio de la realidad azarosa que irrumpirá en la plácida burbuja de su vida tan armoniosa...


   En anteriores ocasiones he dado mi opinión sobre alguno de los libros de este magnífico autor inglés (Chesil Beach, La ley del menor…) que, una vez más, da muestras de poseer temple ético y una soberbia precisión de lenguaje, a lo Henry James.
   Sábado, como adelanta su título, es una novela que transcurre durante las veinticuatro horas del día de la tumultuosa manifestación londinense contra la guerra de Irak.
   Comienza cuando El protagonista se desvela de madrugada, momento en el que aparece su hijo de 18 años con el que mantiene un cambio de impresiones; luego una partida de squash y un estúpido roce contra el BMW de dos energúmenos; incidente mal resuelto por Perowne, pues en un instante se puede perder la tranquilidad de la mañana de sábado; una visita a la residencia de su anciana madre, con demencia senil. Compra pescado, asiste a un concierto de su hijo y regresa a casa a preparar la cena.
   Hasta aquí lo que la prudencia aconseja adelantar.
   Con el telón de fondo de la ciudad de Londres y la familia del protagonista, como hilo conductor, Ian McEwan nos va desgranando ––con esa profundidad conceptual y expresiva suya–– la escena del avión en llamas (una grieta en lo más íntimo) o un fugaz encuentro amoroso con su mujer o la larga partida de frontón, con la misma precisión que una intervención en la cabeza de uno de sus pacientes. Para ilustrarse en la neurología, asistía durante un período de dos años a operaciones que practicaba el equipo del Hospital Nacional de Neurocirugía y que podían durar seis horas. El autor es capaz de narrar esas intromisiones en el cerebro con la misma precisión que la compra del pescado en el mercado. La visita a su madre (que por su enfermedad ha perdido, entre otras muchas nociones, el concepto de regalo y, con él, el placer de recibirlo) tiene unos tramos literariamente brillantes por los diálogos disparatados de la anciana dichos con una seriedad conmovedora, sin dudar de sí misma en absoluto. La muerte mental. Morir a medias.
   Este escritor maneja muy bien el tiempo en la narración; sabe ralentizarlo con los pensamientos y cavilaciones del cirujano protagonista. Que es casi el hombre perfecto: una esposa amada y abogada brillante; dos hijos adorables, inteligentes y guapos… Esta persona que salva muchas vidas en su profesión, ve cómo –a pesar de su racionalidad para resolver conflictos– se tambalea su mundo por unas circunstancias del azar.
El doctor Perowne (mientras soporta un descomunal atasco en los seis carriles de la autopista), considera que la riqueza sin precedentes de las masas, que se muestra con tantos coches inmovilizados, ofrece una visión que ninguna época anterior podría haber imaginado. ¿Qué diría Newton o sus contemporáneos? No hay duda de que se quedarían sobrecogidos: Esto es lo que hemos hecho, algo común y corriente en nuestros días.
Un libro cuya lectura embriaga, que se desea que no termine, como una hermosa ensoñación.
FELIZ AÑO NUEVO

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Hemos creado un monstruo...

Coses que passen a Almassora i no ens contaran...

Lectura geopolítica del Concert d'Any Nou (reedició)